Lords Of Atitlan


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Lago Atitlan

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Mi viaje fotográfico por Guatemala se inició más o menos en el lugar en donde en este momento estoy sentado escribiendo, atrás de la Isla del Gato y sus alrededores, Patopoc, con vista de la bahía histórica de Santiago Atitlán. En la orilla del otro lado del lago, veo el cerro colosal, Chutinamit que defiende la entrada a Atitlán. Sobresale la bahía y las lanchas que pasan por el lugar, pero en sí se ve enano a la par del volcán de San Pedro (Chutchuk), dominando el fondo de la vista. Chutinamit era el hogar tradicional de los tzutujiles desde que migraron al área en el siglo XI antes de Cristo hasta que fuerón reubicados por los españoles a Santiago poco después de la conquista.

Olas altas de tul tapan la vista de la isla y sus orillas: una banda de oro continua hasta treinta centímetros de la línea de agua y allá se convierte en unos retoños largos de verde clorofílico, también coronados con oro. Tras esta ola conformada de agua, tul, luz y reflejos, docenas de pescadores en sus diminutos cayucos trabajan en las aguas de la bahía desde su embocadura al pueblo cuyo nombre significa “fin de las aguas”, Chacayá.

La vida de los pescadores es precaria, no sólo por los ingresos mínimos, sino también porque las aguas de Nim Ya (Lago de Atitlán) son capaces de convertirse de tranquilidad a tempestad en un abrir y cerrar de ojos, y la pesca se practica principalmente en la noche. Me imagino que muchas interpretaciones místicas y metafísicas del lago provienen principalmente de los pescadores, que abarcan las aguas en la noche obscura, remando de nuevo al pueblo en el vapor del alba. Menos dramático, pero igualmente común, es la pesca desde la tierra. Adultos y niños, hombres y mujeres igualmente, lanzan sus redes e hilos desde la orilla del lago, los muelles o las piedras que sirven para lavar ropa, o sencillamente metidos en el agua.

Ese primer día, hace cuatro años y medio, me acerqué al lago caminando en el resplandor del amanecer. El lago estaba sereno. Como era diciembre, las faldas del volcán de San Pedro se veían doradas por las milpas secas de los maizales. Entre el tul los pescadores en sus cayucos se agachaban sobre sus redes en las aguas plácidas de espejo. El amanecer lanzaba un reflejo de todo el paisaje sobre la bahía: los pescadores; el cono dorado del volcán de San Pedro manchado con el verde del tul rodeando la isla y las orillas del lago; y las torres doradas de tul cortado amarrado para secarse y parado.

Dos hombres se acercaron en cayucos para llevar el tul a Santiago Atitlán, en donde se usarìa para fabricar petates, los cuales sirven de todo, incluso como colchonetas en los pisos de tierra en casas por toda la zona. Los hombres – Francisco y Diego – me dieron permiso para retratarlos, y desde este momento no dejo de hacerlo.


Capitulo1

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